Dos meses viajando desde Honduras hasta Chihuahua, tres deportaciones en el último año y la esperanza de agarrar dinero para vivir mejor, es lo que Carlos R., migrante de 43 años, espera si logra cruzar la frontera.
Carlos tomó el último tren de Torreón a las 16:00 horas del jueves y llegó a Chihuahua hoy por la mañana, descendió en el puente de la Pacheco y se fue directo a la Casa Migrante San Agustín, de la colonia 2 de Octubre.
Acompañado de 2 mujeres y 2 niñas que topó en Coatzacoalcos viajaron juntos y llegaron a la capital del estado. A diferencia de Carlos, a ellas les ofrecieron bañarse y cambiarse de ropa, a él le entregaron artículos de higiene personal y un plato repleto de arroz con guisado.
“Venimos desde Coatzacoalcos, tenemos 23 días viajando en el tren, vimos en el camino 10 vagones descarrilados, y más de 600 venezolanos, pasamos extorsiones en Guatemala y ayer me quitaron los últimos 600 pesos que traía, ahorita aquí vine por comida”, compartió.



Carlos dejó a su familia, dejó a sus 2 hijos. En su vida previa en Honduras, dijo que fue militar paracaidista en El Salvador. “Me tiré desde 5 mil metros de altura, obtuve El Laurel en bronce, es una distinción como si fuera el mejor empleado del mes”.
“Cuando cruzas a México vives otra cosa, no es lo mismo ser centroamericano o sudamericano, tienes otro precio, ahorita quienes venimos de Guatemala u Honduras, no valemos, pero quienes vienen de Venezuela tienen valor”, refirió.
Los de Sudamérica la pasan duro, según dijo, vienen de atravesar la selva por días, de ver “calaveras” en su camino. “Nosotros somos de la raya, de esa que separa a México de Centroamérica, ustedes tienen el valor de ser el puente, nosotros no somos nada”.
La noche no la pasa en albergues, esos son para las niñas, niños y mujeres. Ese es un pacto no escrito, pero que se acordó para su seguridad, “por eso nos dan la comida afuera”.
Los trenes de carga que tienen fierro y piedra son los buenos para montarse, los demás no les permiten subirse. “Y si andas mal, el tren lo sabe”.
“Yo amo México, en Honduras si traes tatuajes te atoran, queman niños, o te desaparecen las pandillas, no vales nada. Aquí puedes andar con esa libertad, allá solo tienes secuestros y extorsiones”, expresó.
No tiene teléfono, desde hace cinco años se alejó de redes sociales y aunque extraña a su familia, prefiere no tener contacto con ella. “Soy migra, no tengo miedo y estoy con Dios, sólo mi mamá sabe mi dolor”, respondió Carlos con la voz entrecortada.
Su plan en este momento es viajar ahora a Cuauhtémoc, permanecer un mes y trabajar en la pisca, agarrar 7 mil pesos y llegar a Juárez. Conoce bien el camino y las brechas, Chihuahua le gusta por su gente amable y compartida.
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