A unos cuantos pasos de lo que se conoce como el cerro Lee la Biblia, en Ciudad Juárez, se encuentra un pequeño espacio que alberga las tradiciones y costumbres de la comunidad rarámuri. Se trata de la colonia Tarahumara, en la cual habitan al menos 99 familias, que daría un total de unas 350 personas, quienes día con día luchan por mantener sus orígenes en medio de la ciudad.

Los habitantes de este lugar en muchos de los casos han enfrentado la marginación de algunos servicios como lo es la electricidad, gas o agua, y en otros han luchado por seguir con sus tradiciones; sin embargo, la batalla más grande radica en no ser discriminados por su lenguaje, su vestimenta y sus costumbres.
La mayoría de los habitantes de este lugar son originarios de municipios serranos de Chihuahua como Bocoyna, Guachochi, Carichí y el Pueblo Mágico de Creel, quienes, debido a la falta de oportunidades, empleo, servicios de salud y hasta la violencia, migraron hacia Juárez para establecerse en esta colonia.
Aquí tratan de vivir de una forma similar a lo que era habitar en sus comunidades, pues cuentan con una iglesia, escuela y hasta una gobernadora, ya que siguen sus propias reglas y costumbres.
Rosalinda Guadalajara es habitante de esta colonia desde hace más de 22 años y durante siete fue la gobernadora del lugar.
Actualmente ayuda como traductora intérprete y coordina algunos proyectos, por lo cual ella asegura que poco a poco, quienes ahí viven, se han ido adaptando a la ciudad, aprendiendo el idioma español, la forma de vivir de una frontera, y en algunos casos, hasta de vestir para evitar ser discriminados.
En su caso, le tocó llegar a los siete años de la Sierra Tarahumara, pues es originaria del municipio de Carichí, de la comunidad de Tehuerichí, y al igual que muchos de los habitantes de esta zona de Juárez, lo más difícil ha sido adaptarse a la cultura diferente de la ciudad y aprender el idioma español, para dejar en un segundo plano su lengua materna, que es la rarámuri.
“La colonia Tarahumara tiene como 30 años que se formó, así como una comunidad. Hemos batallado mucho en cuestiones que van desde los servicios, pero de igual manera hemos estado en comunidad para entre nosotros mismos trabajar en mejorar. A pesar de todo, hemos buscado para tener esa atención y de poco a poco irnos integrando con la ciudadanía”, dice en entrevista con EL UNIVERSAL.

Rosalinda cuenta que poco a poco han aprendido como rarámuris a entender que, como cualquier otro habitante de Ciudad Juárez, tienen el derecho de exigir, solicitar y vivir en un espacio de armonía, sin discriminación y sin violencia.
“Al principio, cuando no sabíamos nuestros derechos, realmente era imposible exigir o solicitar más que nada, pero ahora ya sabemos que podemos pedirlos y tenerlos. Más que alumbrado y todo eso, de lo que ya hemos sido beneficiados, pero también hemos tenido la respuesta de atención en nuestra colonia de servicios como pavimentación, internet y hasta brigadas médicas”, explica.
Gracias a esa lucha, en la colonia además de la pavimentación, cuentan con una escuela primaria, una iglesia, comedor y biblioteca, entre otros espacios.
“Es un avance que hemos logrado de ir caminando poco a poco como comunidad, en buscar lo que merecemos dentro de la comunidad. La misma comunidad trabajó para la construcción de la iglesia, tenemos el comedor que está en funciones y en activo con el apoyo de la ciudadanía y asociaciones civiles”, añade.
A decir de los habitantes de esta colonia, lo que los caracteriza es su lucha por hacerse visibles, siendo Rosalinda una de las mujeres que impulsó a que los ojos de la comunidad fronteriza voltearan hacia ellos, pues debido a la falta de atención gubernamental, años atrás, el comedor que tienen y que da alimento a las familias estuvo a punto de cerrar.
La lucha en ese entonces no sólo fue para visibilizarse como una comunidad con necesidad en la ciudad, sino para quitar también el estigma que existía de que los tarahumaras sólo estaban en esta frontera para pedir dinero, alcoholizarse o robar.
Un pedazo de la Tarahumara en la ciudad
Al llegar a la colonia es común escuchar a las personas, sobre todo los adultos, comunicarse en el idioma rarámuri, ya que, pese a que están rodeados de colonias del poniente de Juárez, dentro de este espacio las tradiciones originarias no se pierden.
En el caso de la vestimenta, las mujeres, niñas y los niños, y algunos hombres, continúan portando los trajes típicos rarámuri, además de mantener ceremonias y danzas características como ocurre, por ejemplo, en Semana Santa.
“Esa es la lucha de que las nuevas generaciones tengan el idioma, que no se pierda la cultura, la lengua materna, todo eso. Que los niños sigan tendiendo ese significado de las ceremonias. Se ha dado el caso de que algunos niños pequeños ya no llegan a hablar la lengua materna, los niños y los hombres hace mucho que perdieron la vestimenta tradicional, por la misma discriminación; sin embargo, las mujeres son las que se han mantenido más fuertes con su vestimenta”, comenta Rosalinda.
En ese mismo sentido se encuentra Carolina, quien tiene 38 años y desde hace 30 años vive en Juárez, pues es originaria de Guachochi.
Ella porta aún los trajes típicos rarámuri, pues asegura que quiere seguir viviendo como sus padres y en su comunidad serrana.
“Me he tratado de adaptar, estoy más acostumbrada aquí, hablo el rarámuri, mis hijos lo entienden, pero no lo hablan”, expresa la mujer, quien es habitante de la colonia indígena.
Actualmente las personas que habitan en esta comunidad tratan de combinar su vida de la ciudad con lo tradicional de sus comunidades serranas, por lo cual, durante el día, la colonia se vacía pues salen a trabajar a la zona centro de la frontera, a la construcción o en algunos otros puntos, y al regresar a su colonia por la tarde, retoman su idioma, su forma de vestir y hasta de comportarse.
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