Un aplauso sostenido, acompasado, rompe el silencio del Centro Histórico y la voz de un tenor lo invade todo: es el aplaudidor.
Desde hace casi 40 años la fuerza de sus palmas son la esperanza de algunos y el tormento de muchos, sobre todo de los comerciantes a los que les toca escuchar por horas el estruendo de unas palmas que no se cansan nunca.
En las inmediaciones del Palacio de Gobierno, en la explanada de la Presidencia Municipal, en el exterior del Congreso, en los portales de cualquier restaurante o comercio, ahí está ese aplauso que nadie pidió y del que nadie es merecedor.

El aplaudidor también es de temer, porque en el tiempo que le concede un descanso a sus maltratadas manos arenga, insulta y hasta le dice sus verdades a mujeres y hombres a los que juzga pecadores.
Critica a voz en cuello las breves minifaldas de las jovencitas y las condena al infierno ardiente; también señala a los jóvenes a los que llama caguameros o marihuanos.
Para todos tiene el aplaudidor, y aunque su aspecto y trato áspero repele a las mayorías de paseantes del Centro Histórico, hay también quienes dejan una moneda en el vaso plástico que mantiene siempre a su lado.
Un tiempo se alejó de Chihuahua y pude verlo y escuchar el estruendo de sus aplausos en Guadalajara y me atreví a decirle: “Usted es de Chihuahua”, a lo que me contestó con su voz atenorada y ripiosa: “Chihuahua es mío”.
Por obra de Dios o del diablo, el aplaudidor nos recuerda que el final del mundo está cerca y que sus palmas están abiertas para recibirlo.