Ciudad Juárez.- Ya pasaron 365 días desde que ese establecimiento, ubicado en la colonia Granjas Polo Gamboa, se convirtió en el epicentro de una tragedia que no solo abrió uno de los capítulos más oscuros de Ciudad Juárez, sino que también horrorizó a la comunidad internacional.
Las cosas han cambiado ligeramente en el cruce de las calles Chihuahua y Querétaro. En la reja del lugar, así como en los muros de la entrada principal, sobresalen 386 corazones rojos, uno por cada cuerpo abandonado en el crematorio Plenitud.




Estas figuras fueron pintadas por las familias que integran el colectivo Memoria, Dignidad y Justicia como una forma de expresar su exigencia de justicia y el amor que profesan a sus muertos. También representan su denuncia de haber sido víctimas de un fraude.
Quisieron dejar constancia de que las funerarias que contrataron para despedir con dignidad a sus seres queridos, bajo la promesa de que serían incinerados, simplemente dejaron los cuerpos ahí, descomponiéndose.
Mientras tanto, los deudos recibieron urnas con cenizas que, tras revisar su contenido, aparentaban ser material de construcción o arena para gatos.
El letrero de clausura colocado por las autoridades sanitarias y la Fiscalía General del Estado (FGE), una vez concluidas las diligencias en el lugar, ya está carcomido por las condiciones climáticas. El calor y el polvo que predominan en la zona han deteriorado el documento hasta hacerlo apenas visible.
Parte del funesto escenario también ha cambiado con el paso del tiempo. El pequeño montículo de arena y grava que se levantaba cerca de la entrada ya desapareció. Durante semanas sirvió como plataforma para que curiosos y trabajadores de los medios de comunicación alcanzaran a observar el interior del inmueble, que alguna vez se ostentó como un crematorio.
Sin embargo, hay algo que permanece: un intenso olor a putrefacción que se vuelve más penetrante conforme uno se acerca a la entrada. El hedor invade la nariz, oprime el pecho y dificulta la respiración.
Al mirar hacia el interior, a través de la barda y los resquicios de la reja, aparece un panorama en ruinas: un sitio donde, de pronto, el tiempo pareció detenerse.
Sobre el suelo, cubierto en su mayor parte por grava, aún se observan algunas latas y cubetas dispersas por todo el terreno, probablemente desde los cateos realizados en busca de cuerpos.
Cerca de una pared permanecen escombros, basura y una pequeña silla, todo atrapado dentro de este lugar.
Frente a una de las bardas que colindan con un negocio vecino sobresalen una camilla de acero inoxidable y la carroza fúnebre de color negro.
En el centro del predio permanece una jardinera circular, donde una pequeña planta del desierto se aferra a la vida, rodeada de maleza que ha ido ganando terreno.
En la ventana de la carroza, donde fue localizado uno de los 386 cuerpos hallados en el lugar, todavía puede leerse la leyenda: “Cremaciones y Velatorios, Capillas Plenitud”. Las llantas ponchadas y el óxido que cubre la carrocería son las huellas del lento deterioro provocado por el paso del tiempo.
Al fondo permanece el área donde se encuentran los dos tanques de gas que alimentaban el horno del crematorio, así como uno de los cuartos donde fueron encontrados, apilados unos sobre otros, gran parte de los 386 cuerpos en avanzado estado de descomposición.
Ahora, en ese cuarto, reinan la incertidumbre, el vacío y la oscuridad.
Mientras tanto, el olor a muerte putrefacta sigue calando hondo. Igual que el dolor. Igual que la ausencia de justicia.
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