La reconocida académica, escritora y periodista Guadalupe Correa-Cabrera presentó su libro “Cárteles Inc.”, una actualización de su obra anterior “Los Zetas Inc.”, en la que propone replantear la forma en que se entiende el crimen organizado en México y cuestiona la narrativa tradicional centrada exclusivamente en el narcotráfico.
De acuerdo con la autora, Los Zetas, grupo que surgió en 1997 en Tamaulipas como brazo armado del Cártel del Golfo, revolucionó el concepto de las organizaciones criminales al crear un modelo capaz de adaptarse a las condiciones de cada región, similar a una franquicia o red de negocios.
Ya no se trata, explica, de estructuras piramidales encabezadas por un solo líder, sino de organizaciones que permiten el crecimiento de grupos con conocimiento del contexto local y que posteriormente establecen alianzas entre sí.
En “Cárteles Inc.”, Correa-Cabrera invita al lector a descubrir cuál es la “nueva generación” que controla las redes criminales y sostiene que el concepto de “cártel de la droga” resulta insuficiente para explicar la realidad actual.

De los cárteles tradicionales a las redes criminales
La autora plantea que la violencia y el crimen organizado en México no pueden entenderse únicamente desde la perspectiva del narcotráfico o de la política de drogas. A su juicio, el verdadero objeto de análisis son las grandes corporaciones, las redes de intereses económicos y políticos, así como los sectores estratégicos relacionados con la energía y los recursos naturales.
Desde esa perspectiva, considera que la narrativa tradicional sobre los llamados “cárteles de la droga” está basada en conceptos erróneos que impiden comprender las causas profundas de la inseguridad y de la política exterior de Estados Unidos hacia México.
El libro explica que los denominados cárteles no funcionan como monopolios u oligopolios que controlan la producción y distribución de drogas mediante acuerdos empresariales. En realidad, operan como complejas redes criminales integradas por fabricantes, distribuidores, intermediarios, vendedores de precursores químicos, operadores financieros, empresarios, funcionarios corruptos, agentes de seguridad, políticos y otros actores que facilitan distintos mercados ilícitos.
Esta configuración, sostiene la investigadora, es resultado de décadas de militarización de la estrategia antidrogas impulsada por Estados Unidos e implementada en países como México y Colombia, política que favoreció la aparición de grupos paramilitares involucrados no solo en el narcotráfico, sino también en delitos como la extorsión, el secuestro y el control territorial.
La investigación señala que el crimen organizado evolucionó de organizaciones relativamente centralizadas hacia sistemas conformados por “redes criminales adaptativas”. Lo más preocupante, advierte, es que prácticamente todas las organizaciones delictivas estarían adoptando este modelo, arraigándose cada vez más en los territorios donde operan.
Por ello, propone analizar este fenómeno mediante la teoría de sistemas sociales y el análisis de redes, sin abandonar herramientas provenientes de la administración de empresas y de la estrategia militar.
El objetivo, explica, es comprender un ecosistema criminal mucho más amplio que el tráfico de drogas y que involucra múltiples actividades económicas, tanto legales como ilegales.
En este contexto, Correa-Cabrera retoma los principales planteamientos desarrollados en “Los Zetas Inc.”, donde argumentó que Los Zetas introdujeron un modelo completamente nuevo de delincuencia organizada en México.
Dicho grupo surgió como una organización paramilitar con una estructura similar a la de una corporación multinacional, capaz de diversificar actividades ilícitas, controlar territorios estratégicos y operar mediante complejas prácticas empresariales. Ese modelo fue posteriormente replicado por otras organizaciones criminales y transformó profundamente la dinámica de la violencia en el país.
La disputa ya no es solo por la droga, sino por los recursos estratégicos
El libro sostiene que la expansión de Los Zetas y la respuesta militarizada del Estado mexicano provocaron niveles de violencia sin precedentes, especialmente en regiones estratégicas para la producción y distribución de recursos energéticos.
Como consecuencia, se registraron desapariciones masivas, desplazamientos forzados de comunidades y una creciente disputa por territorios con importantes reservas de petróleo, gas natural, carbón, hierro, agua y otros recursos considerados estratégicos para las cadenas de suministro energético.
Según la autora, durante el auge de la llamada revolución del gas shale y la aprobación de la reforma energética de 2013, estas regiones concentraron buena parte de los enfrentamientos entre organizaciones criminales y fuerzas gubernamentales.
Asimismo, la investigación plantea que diversos sectores económicos obtuvieron beneficios indirectos de este escenario de violencia. Entre ellos menciona a las empresas productoras de armas, el sistema financiero internacional, compañías energéticas y contratistas del complejo militar-fronterizo-industrial de Estados Unidos. Desde esta óptica, la guerra contra las drogas habría favorecido intereses económicos más amplios que trascienden el combate al narcotráfico.
La segunda parte de “Cárteles Inc.” describe la transformación del modelo criminal tras el debilitamiento de Los Zetas, alrededor de 2015.
Correa-Cabrera explica que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) retomó ese esquema organizativo, pero lo adaptó a una estructura más flexible, semejante a una franquicia integrada por múltiples células paramilitares que operan bajo una misma identidad, sin depender necesariamente de un mando único.
Paralelamente, el Cártel de Sinaloa evolucionó hacia una federación de grupos delincuenciales con características similares a una red de alianzas.
Finalmente, la autora sostiene que el crimen organizado en México ha dejado de estar conformado por corporaciones criminales claramente identificables para convertirse en un complejo ecosistema de redes delictivas que interactúan con intereses económicos, políticos y empresariales.
En este nuevo escenario, la violencia y los desplazamientos forzados se desplazan hacia regiones donde existen proyectos de energías renovables, minerales estratégicos y recursos indispensables para las nuevas cadenas globales de suministro surgidas tras la pandemia de Covid-19, la guerra en Ucrania y otros conflictos internacionales.
Ante esta transformación, Correa-Cabrera concluye que es necesario abandonar las explicaciones centradas exclusivamente en el narcotráfico y adoptar nuevos enfoques que permitan comprender la evolución del crimen organizado como un fenómeno transnacional, paramilitar y estrechamente vinculado con procesos económicos y geopolíticos de alcance global.
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