Antonio Becerra Gaytán fue mucho más que un militante de la izquierda chihuahuense. Más que definirlo por los cargos que llegó a ocupar, por las veces que fue candidato o por su paso por la dirigencia de un partido político, lo que marcó la vida del Profe Becerra —y, en parte, la política local y nacional— fue su condición de preso político y víctima de tormento psicológico en los años posteriores a la masacre de Tlatelolco.
Corría el año de 1969 cuando el profesor caminaba por el Paseo Bolívar, en la ciudad de Chihuahua, a menos de un kilómetro de la embotelladora de refrescos que estaba a punto de estallar en huelga.
Según narraba él mismo a quien tuviera tiempo de escuchar toda la historia, fue en ese lugar donde personas que no identificó en el momento lo “levantaron”. Ese mismo día, según recordaba, quedó recluido en un campo militar, en calidad de detenido, sin cargos, sin acusaciones por violar alguna ley y, por supuesto, sin derecho a defensa.
Mientras permanecía recluido en algún lugar de la República Mexicana —en ese momento no sabía exactamente dónde—, en Chihuahua se levantó una oleada de protestas contra el Gobierno federal y, en particular, contra el estatal, por la desaparición del profesor Becerra.
En las crónicas que compartía con amigos y con uno que otro periodista, mencionaba que estuvo en la zona militar conocida como Campo Marte, en la Ciudad de México. Ahí fue interrogado durante horas como presunto agente de la Unión Soviética y promotor de movimientos de desestabilización en el país.

Interrogado, acusado y al borde de la muerte
Según sus relatos, siempre asoció su detención con la asesoría que brindaba al sindicato de la embotelladora Pepsi Cola, cuya planta se encontraba sobre la avenida Primero de Mayo, a poca distancia del lugar donde ocurrió el “levantón”.
Cuando recordaba aquellos momentos, decía estar convencido de que lo iban a matar o, en el mejor de los casos, a recluir en alguna de las cárceles donde eran enviados los presos políticos que el Gobierno señalaba como promotores de la desestabilización. Sin embargo, sus captores lo regresaron a casa.
En los años siguientes continuó su activismo político, y también la persecución. Contaba que a su regreso de la Unión Soviética, en la primera mitad de la década de 1970, volvió a estar a las puertas de un nuevo ataque del Gobierno, pero fue uno de los hombres más influyentes de la inteligencia mexicana, Fernando Gutiérrez Barrios, quien le advirtió del peligro en el que se encontraba.
La política que le salvó la vida
A golpe de memoria, recordaba que fueron las gestiones del entonces gobernador de Chihuahua, Óscar Flores Sánchez, las que le salvaron la vida. Y no porque existiera simpatía personal entre ambos, mucho menos afinidad ideológica, sino porque su muerte habría desestabilizado al estado, apenas un año después de Tlatelolco y dos años después del asalto al cuartel militar de Madera.
La leyenda urbana que circulaba en aquellos años —según contaba Becerra— señalaba que Óscar Flores había hablado con el entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, para abogar por el profesor. Pero cuando la discusión se tensó y parecía no llegar a ninguna parte, el gobernador chihuahuense le habría dicho al futuro presidente: “Nada más que usted se va a encargar de enterrar a sus muertitos”.
La suerte del profesor Becerra cambió, y también su trayectoria como secretario general del Partido Comunista Mexicano (PCM) en Chihuahua.
De ser un “levantado” que se vio de frente con la muerte, Becerra Gaytán llegó a la Cámara de Diputados diez años después de aquella experiencia, al formar parte de la primera legislatura que integró a los entonces llamados diputados “de partido”.
Como si el destino hubiera marcado el trayecto, veinte años después del episodio en el Paseo Bolívar, Becerra fue electo diputado local de la 56 Legislatura del Congreso del Estado, convirtiéndose en el primer legislador local postulado por el entonces naciente Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Su trayectoria política concluyó en la década de 1990, cuando prácticamente se retiró de toda actividad partidista y electoral. No obstante, continuó compartiendo sus experiencias como militante de un partido proscrito durante su juventud y como integrante de la primera bancada de un partido abiertamente comunista en México.
Su vida terminó este sábado 9 de mayo, semanas después de haber cumplido 93 años.
Su legado quedó inscrito en el libro El puño de la palabra. Becerra Gaytán, el comunista más espiado, del periodista y escritor Javier Contreras Orozco.
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